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Archive for 18/12/16


Hola,

Para la 3ª Posada, seleccioné una reflexión y una leyenda, estoy cierta que ambas te llegarán al corazón.
La reflexión (Opa, ya hace ocho meses).

 

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El Tazón de madera del abuelo (Opa)

Reflexiones de vida

El viejo se fue a vivir con su hijo, su nuera y su nieto de cuatro años. Ya las manos le temblaban, su vista se nublaba y sus pasos flaqueaban. La familia completa comía junta en la mesa, pero las manos temblorosas y la vista enferma del anciano hacían el alimentarse un asunto difícil. Los guisantes caían de su cuchara al suelo de y cuando intentaba tomar el vaso, derramaba la leche sobre el mantel. El hijo y su esposa se cansaron de la situación.

 

-Tenemos que hacer algo con el abuelo, dijo el hijo. -Ya he tenido suficiente. Derrama la leche, hace ruido al comer y tira la comida al suelo.

 

Así fue como el matrimonio decidió poner una pequeña mesa en una esquina del comedor. Ahí, el abuelo comía solo mientras el resto de la familia disfrutaba la hora de comer. Como el abuelo había roto uno o dos platos, su comida se la servían en un tazón de madera.

 

De vez en cuando miraban hacia donde estaba el abuelo y podían ver una lágrima en sus ojos mientras estaba ahí sentado sólo. Sin embargo, las únicas palabras que la pareja le dirigía, eran fríos llamados de atención cada vez que dejaba caer el tenedor o la comida. El niño de cuatro años observaba todo en silencio.

 

Una tarde antes de la cena, el papá observó que su hijo estaba jugando con trozos de madera en el suelo. Le preguntó dulcemente: -¿Qué estás haciendo?

 

Con la misma dulzura el niño le contestó: -Ah, estoy haciendo un tazón para ti y otro para mamá para que cuando yo crezca, ustedes coman en ellos. Sonrió y siguió con su tarea.

 

Las palabras del pequeño golpearon a sus padres de tal forma que quedaron sin habla. Las lágrimas rodaban por sus mejillas y, aunque ninguna palabra se dijo al respecto, ambos sabían lo que tenían que hacer.

 

Esa tarde el esposo tomó gentilmente la mano del abuelo y lo guió de vuelta a la mesa de la familia. Por el resto de sus días ocupó un lugar en la mesa con ellos. Y por alguna razón, ni el esposo ni la esposa, parecían molestarse más cada vez que el tenedor se caía, la leche se derramaba o se ensuciaba el mantel.

“La gente olvidará lo que dijiste y lo que hiciste, pero nunca cómo la hiciste sentir.”

 

La leyenda:

 

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EL SILENCIO DE DIOS

Fuente

 

Cuenta una antigua leyenda noruega, sobre un hombre llamado Haakon, que siempre miraba una imagen de Cristo crucificado en una cruz que era muy antigua.

La gente acudía a orar con mucha fe. Muchos estaban pidiéndole a Cristo algún milagro.

 

Un día el ermitaño Haakon quiso pedirle un favor.

Impulsado por un sentimiento de generosidad, bondad y amor, se arrodilló ante la cruz y dijo:

 

“Señor, quiero padecer y morir por Tí. Déjame ocupar tu puesto. Quiero …en la Cruz.” Y se quedó  con la mirada fija puesta en El, como esperando una respuesta.

El Señor abrió sus labios y habló. Sus palabras cayeron del cielo, susurrantes y amonestadoras:

 

“Mi fiel siervo,  te concederé tu deseo, pero solo con una condición.”

¿Cual, Señor? ¿Es una condición difícil?

¡Estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda, Señor!, -respondió el viejo ermitaño.

Escucha: suceda lo que suceda y veas lo que veas, tienes que guardar silencio siempre. Haakon contestó: “¡Os, lo prometo, Señor!” Y se efectuó el  cambio.

Nadie advirtió el trueque. Nadie reconoció al ermitaño, colgado con los clavos en la Cruz.

Y durante mucho tiempo mantuvo el acuerdo y nunca le habló a nadie.

 

Pero un día, llegó un hombre rico, y después de haber orado, dejó allí olvidada su cartera.

 

Haakon le vio y guardó silencio. Tampoco habló cuando un pobre, que vino dos horas después, tomó la cartera del rico y se la guardó.

También guardó silencio cuando un hombre joven se arrodilló ante él poco después para pedirle su gracia antes de emprender un largo viaje.

Entonces volvió a entrar el rico a buscar su cartera, al no encontrarla, pensó que el joven se la había llevado.

 

El rico se volvió al hombre joven y le gritó iracundo: ¡Dame la cartera que me has robado!

El  replicó: ¡No he robado ninguna cartera! ¡No mientas, devuélvemela enseguida! El joven  repitió, “le digo que no he tomado ninguna cartera de nadie”.

 

El rico empezó a golpearle furioso. Entonces una voz potente llenó el aire ¡Detente! El rico miró hacia arriba y vio que la imagen le hablaba, Haakon que no pudo permanecer en silencio, gritó defendiendo al joven, e increpó al rico por la falsa acusación. Este se quedó asombrado y se marchó del lugar.

El  joven salió también porque tenía prisa para emprender su viaje.

 

Cuando la Cruz se quedó a solas, Cristo se acercó a su siervo y le dijo:

 

“Baja de la Cruz. No sirves para ocupar Mi puesto. No has podido guardar silencio”.  “¡Señor!”, – dijo Haakon -, “¿Cómo iba a permitir semejante injusticia?”

Jesús de nuevo ocupó su lugar en la Cruz  y el ermitaño se quedó de pie debajo de la Cruz. El Señor, siguió hablando:

“Tú no sabías que al rico le convenía perder la cartera, pues llevaba en ella dinero para cometer un pecado sexual con una joven virgen.

Mientras que el pobre, por su absoluta pobreza, tenía necesidad de ese dinero. En cuanto al joven, hubiera sido mejor que le hubiera dado la paliza el rico a causa del malentendido en cuyo caso no se hubiera ido de viaje.

Ahora, ves,  hace unos minutos acaba de morir  en un naufragio. Tú no sabías todas estas cosas peeroyo sí.  Por eso calló. Y el Señor nuevamente guardó silencio.

 

 

Saludos cordiales,

Dra. Consuelo Farías-van Rosmalen.

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