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Archive for 6 enero 2016


Hola,
 
4reymago

Para celebrar el día de los Reyes Magos, y el final del ‘puente Guadalupe-Reyes’ (aunque faltaría la tamalada de la Candelaria, pero eso ya es ir demasiado lejos, ¿no crees? jajaja), seleccioné una versión del cuento de Artabán que ‘es un personaje ficticio protagonista del cuento navideño The Other Wise Man (El otro Rey Mago), escrito en 1896 por Henry van Dyke (1852-1933), teólogo presbiteriano estadounidense’.

 

 

Artabán en cuarto Rey Mago.

 

 

Es posible que existiera un Cuarto Rey Mago, además de los oficiales Melchor, Gaspar y Baltasar. Un noble, príncipe según algunas crónicas, que tendría unos treinta años cuando, oteando el firmamento, descubrió la famosa Estrella de Oriente que anunciaba el Nacimiento del Niño Jesús.

Artabán, que así se llamaba nuestro protagonista, se dedicaba, entre otros muchos menesteres, a desentrañar los secretos del oráculo de Zoroastro que anunciaban, por activa y pasiva, la próxima llegada de un “Salvador” que haría del mundo un lugar más agradable. Y la aparición de la estrella en el firmamento fue la señal inequívoca. Como era de suponer no se lo pensó dos veces y decidió seguir la ruta que el ¿cometa? indicaba. Lógicamente preparó las ofrendas que entregaría al Redentor, entre las que destacaban un diamante de la isla Méroe que neutralizaba los venenos, un trocito de jaspe de Chipre como amuleto de la oratoria y un rubí de las Sirtes para alejar las tinieblas que confunden al espíritu.

Artabán, cargados ya los regalos, se dispuso a andar el camino, encontrándose en el monte Ushita con los emisarios de los reyes babilonios, Melchor, Gaspar y Baltasar, que lo citaban en la ciudad sagrada del dios Nabu y que no era otra que Borsippa, aquella en la que los antiguos erigieron un zigurat de siete pisos.

Así, nuestro Cuarto Rey, cabalgó raudo y veloz al encuentro de sus compañeros, sin dejar siquiera que el caballo recuperara fuerzas con las aguas del río Éufrates. Y ocurrió que cuando llegaba a las afueras de la ciudad, Artabán se encontró con un hombre malherido, desnudo, casi agonizante, el cual había sido atracado por unos ladrones que además de robarle sus pertenencias le propinaron una buena paliza. Un comerciante que recibió las atenciones de Artabán, que lavó sus heridas con vino y entablilló sus destrozadas piernas y brazos. Cuando el hombre recuperó el aliento y la consciencia, informó de que había sido totalmente desvalijado, habiéndole robado los malhechores toda la bolsa del dinero. Nuestro rey, como era de esperar, se apiadó del vendedor y le regaló el diamante de Méroe.

Lamentablemente, cuando quiso entrar en laciudad  y acudir al lugar indicado, los Reyes Magos ya se habían marchado, aunque le dejaron una nota en la que podía leerse: “Te hemos estado esperando mucho tiempo y no podemos dilatar más nuestro viaje. Sigue nuestra senda por el desierto y que la estrella te guíe”. Tras leer la corta misiva, arreó su caballo y cabalgó sin descanso, hasta la extenuación, trayendo como resultado la muerte de su brioso alazán. Pero nada podía detenerle y continuó el duro trayecto a pie, soportando tormentas de arena que ajaban el rostro y frenaban el paso.
Cuando quiso llegar a Belén de Judá sus vestimentas habían perdido el lustre y su cuerpo se mostraba enjuto y famélico. Allí, ninguna señal de Melchor, Gaspar y Baltasar, aunque sí se topó con la carnicería que ordenó llevar el legendario y cruel Herodes. Porque, como todo el mundo sabe, el tal Herodes, temeroso por los augurios, mandó asesinar a todos los recién nacidos, en una matanza de inocentes que tiñó de sangre las casas y las calles de Belén.

Escenas que presenció Artabán en primera persona y que le llevaron a ofrecer su rubí a un soldado para que no atravesara con su espada a un niño. Pero un capitán se percató de la jugada y ordenó la detención del Cuarto Rey, que fue enviado a las mazmorras del palacio de Jerusalén.
Y más de treinta años estuvo en prisión, lamentándose de su mala suerte, sufriendo todo tipo de vejaciones y llegando a perder casi la cordura. Pero Artabán, en sus escasos y tenues momentos de lucidez, todavía tuvo tiempo para suplicar redención y piedad al procurador Poncio Pilatos, quien finalmente le otorgó la carta de libertad. Encontrado el perdón, dirigió sus pasos torpes por las pobladas calles de la ciudad, tropezándose con miles de personas que se dirigían hacia un lugar llamado el Gólgota. Una masa humana que deseaba presenciar la crucifixión de un falso profeta, un irreverente que había blasfemado contra Dios.

Artabán se dejó arrastrar por la multitud, cruzando por una plaza en la que estaban subastando a una bella doncella de rubios cabellos. Rebuscó entre sus andrajos y con el custodiado trocito de jaspe que todavía conservaba (en la esperanza de entregárselo algún día al Señor), compró la libertad de la joven. La mujer, en agradecimiento, besaba sus manos cuando la tierra tembló, rompiéndose en dos el templo, rasgándose los sepulcros. Con tan mala fortuna, que una piedra golpeó fuertemente la cabeza de Artabán, quedando tumbado en el suelo, desmayado. Y al recobrar el conocimiento vio como un hombre le sujetaba por los hombros y le miraba firmemente. Un joven que probablemente tenía la misma edad que él tenía cuando emprendió el viaje y que le decía: “Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me curaste, me hicieron prisionero y me liberaste”.
“¿Cuándo hice yo lo que decís”?, preguntó sin apenas respiración mientras miraba sus manos vacías de jaspe, diamantes y rubíes. “Cuanto hiciste por mis hermanos, lo has hecho por mí”, fue la respuesta. Y Artabán expiró, emprendiendo un nuevo viaje que le llevó a la eternidad del universo, al infinito del horizonte, fundiéndose con las estrellas y dejando la estela del que fue el Cuarto Rey Mago de Oriente.

 

​El cuento completo: El El Rey Mago que nunca llegó.

 

Saludos cordiales,

 

Dra. Consuelo Farías-van Rosmalen.

 

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Hola,
YA copas_de_champagne

Nuestros más sinceros deseos

son que el

Año Nuevo 2016 traiga muchas

alegrías y

momentos felices en compañía

de tus

seres queridos.


Un abrazo cariñoso de la tribu

van Rosmalen-Farías.


El cuento que seleccioné para comenzar el año es muy sugerente, sobre todo por lo de “hacer que cada hombre, cada mortal, se convierta en maestro de sí mismo”,  que implica parte de mi labor en la UNAM, se titula:

Conócete a ti mismo


A tempranas horas de la mañana, con un fervor apasionado, el joven Querefonte golpeó secamente la puerta de la casa del maestro.
Sócrates abrió la puerta y vio al joven, que era algo tímido y apocado, demasiado jovial y chispeante. Preguntó:
– ¿Qué sucede contigo?
Querefonte clavó los ojos en los del viejo, gesticulando y balbuceando, se quedó callado. Entonces Sócrates insistió:
– ¡Vamos muchacho! ¿Qué es lo que sucede? ¡Habla de una vez por todas!
El joven, completamente atolondrado, pareció caer en razón, y dejándose caer sobre el marco de la puerta, y aún jadeando, sollozó:
– ¡Sócrates! ¡He ido a Delfos! ¡He ido al oráculo a consultar a la Pitia y me ha dicho algo increíble!
El anciano asintió:
– Me alegro por ti. Pero, ¿a qué viene esa euforia que traes contigo? ¿Qué puede haberte dicho la Pitia que sea tan auspicioso? ¿Harás un viaje? ¿Recibirás una herencia?
Y el muchacho contestó:
– ¡No, Sócrates, no es eso!
Siguió el Maestro:
– ¿Y entonces qué? ¿Has conocido a alguna hermosa muchacha que estás tan contento? ¿O es que por ventura has tomado vino puro a estas horas?
El muchacho, negando afanosamente con la cabeza, la alzó lentamente. Luego, cayendo en razón, miró el dulce rostro del anciano y tragándose la saliva para apaciguar sus nervios, dijo:
– ¡He ido a Delfos, Sócrates, a preguntar a los dioses quién es el hombre más sabio de toda la Hélade…! ¡Y me ha dicho que tú lo eres…! 
El sabio parpadeó algo aturdido, y se dijo: ¿Yo, el hombre más sabio entre todos los griegos? Y, no obstante, pensó que era una broma o un desajuste del joven. Luego emitió:
– ¿Qué osadías son esas mi buen Querefonte? ¿Desde cuándo importunas a los dioses con esa clase de asuntos? ¡Vamos, dime! ¿Por qué aturdes a los dioses con tu descarada curiosidad?
El joven, mirándole boquiabierto, algo tieso ante la reacción del viejo, tartamudeó:
– ¡Pero Sócrates, por todos los dioses! Creí que semejante anuncio te agradaría. ¿Qué mayor regocijo que saberse el hombre más sabio en toda la Hélade?
Y Sócrates, bajando la cabeza y cerrando los ojos, exclamó:
– ¡Ay de la inexperiencia de los jóvenes, ay de su consabida inmadurez! Lo que dices no es motivo de júbilo, aunque entiendo que tú lo consideres así. Pero piensa que para un viejo como yo, semejante anuncio no es más que una carga.
Querefonte, sintiéndose casi desencantado, balbuceó:
– ¡Pero Sócrates! ¿Me has escuchado bien? He dicho que los dioses… ¿No te importa la sentencia del Oráculo?
Sócrates replicó:
– ¡No he dicho que no me importa! Pero creo que a veces la Pitia se equivoca.
Querefonte contestó:
– ¿Cómo dices? ¡Son los dioses que hablan a través de ella!
Entonces Sócrates respondió:
– Es cierto. Pero no he dicho que los dioses se equivocan. Lo que creo es que en algunas ocasiones los sacerdotes y augures que interpretan el mensaje pueden hacerlo de un modo antojadizo. 
Dicho esto se acercó más a Querefonte, y palmeando el hombro del joven, agregó: 
– Y ahora, mi buen Querefonte, olvida toda esa cuestión y vete a casa. De seguro que tendrás mejores cosas en qué ocuparte.
El muchacho, soltando una rechifla, murmuró:
– ¡Viejo desquiciado!
Y se marchó en dirección del Ágora.
Rato después, un aura de especial manifestación cubrió a Sócrates. Entonces el sabio preguntó:
– ¿Quién eres?
Contestó la sombra:
– Soy el dios.
Y cuestionó Sócrates:
– ¿El dios? Pero, ¿qué haces aquí? ¿Por qué te presentas ante mí a esta hora?
Entonces la sombra anunció:
– Te he elegido, Sócrates. Estoy aquí para anunciarte una misión entre los mortales.
El hombre contestó:
– ¿Una misión? ¿Qué clase de misión?
El dios contestó:
– Sí, una misión. Una misión que consiste en purgar el espíritu de los hombres. Habrás de visitar todos los sitios públicos, recorrer calles, casas, barrios; hablarás con políticos, jóvenes, viejos, labradores, esclavos, libres, extranjeros y conciudadanos. Hablarás con ellos sin hacer caso al frío, al hambre, al calor, a la fatiga, y desnudarás sus almas para que ellos, por tu intermedio, se descubran a sí mismos.
Sócrates murmuró:
– ¿He oído bien? ¿Tú, el dios, apareces ante mí para encomendarme semejante misión?
La sombra afirmó:
– Sí, Sócrates. Así es.
El sabio replicó:
– Me pides algo que no puedo hacer. Apenas soy un viejo ignorante y hosco, un anciano cuyo saber no es nada.
El dios sentenció:
– No he dicho que fuera sencilla tal misión. No estoy aquí para concederte un don, sino para imponerte un deber inexorable que tendrás que cumplir.
Sócrates objetó: 
– ¿Y por qué yo, precisamente?
Contestó la sombra:
– Porque yo te elegí. Como ves: unos son zapateros, otros costureros, otros artesanos. Tú, Sócrates, has sido puesto sobre esta ciudad para andar por las calles, para ir de casa en casa persuadiendo a los atenienses de no preocuparse por sus fortunas, sino antes bien de atender al cuidado de sus almas.
Sócrates se quedó en silencio y se apoderó de él una infinita oscuridad. Luego escuchó cómo su corazón latía por la invasión de la duda. En ese momento, de nuevo, se escuchó la voz del dios, que continuó diciendo:
– Tú, Sócrates, como una antorcha, cuya luz se derramará sobre el espíritu de los hombres y no instruirás a nadie en los secretos de la poesía, la retórica y la gramática.
Sócrates discrepó y preguntó:
– No comprendo. ¿Qué habré de enseñar entonces?
El dios contestó:
– Tu tarea no será enseñar, sino la de hacer que cada hombre, cada mortal, se convierta en maestro de sí mismo. 
Entonces Sócrates cuestionó:
– Dime, ¿Por qué me encomiendas ese ingrato deber?
El dios contestó:
– Porque los mortales, Sócrates, han olvidado la obligación de pensar y conocerse a sí mismos.

Dicho esto, un aura sutil cubrió al sabio y la sombra se desvaneció poco a poco, calladamente. Y entonces, Sócrates, algo obnubilado aún, salió a caminar por las sombrías calles de Atenas.

 

Esta historia conserva viva y pura la reverencia de la humanidad a Sócrates, cuyas célebres frases son: ‘solo sé que nada sé’, porque él se sabía como el único hombre que sabía que no sabe nada; y el ‘cónócete a tí mismo’, el imperativo del Pórtico de Delfos, como lo básico para que cada mortal sea maestro de sí mismo.

 

Saludos cordiales,

 

Dra. Consuelo Farías-van Rosmalen.

 

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Hola,

 

Happy New Year 2016 replace 2015 concept on the sea beach

La Víspera de Año Nuevo 2016, o Año Viejo, es día de dar Gracias por tantas cosas buenas que hubo en el año y por las tantas malas también ¿Si no cómo sabría uno que las buenas fueron buenas?
Aprovecho darle las gracias a todos mis amigos, colegas, estudiantes, parientes, todos queridos, y en particular a los que me han escrito con sus buenos deseos y sus opiniones sobre los cuentos que he estado enviando en esta temporada, gracias a todos.
El primer cuento que seleccioné para la Víspera de Año Nuevo es de Siddharta Gautama, mejor conocido como Buda, los otros tres les pongo su autor al pie de cada uno. Te van a encantar.

 

​Gracias

Demos las gracias,
porque si hoy no aprendimos mucho,
al menos aprendimos un poco,
y si no aprendimos un poco,
al menos no enfermamos,
y si enfermamos,
al menos no morimos,
por tanto,
demos las gracias.

El precio más alto

El dueño de la joyería estaba tras el mostrador mirando distraídamente la calle. La puerta se abrió y entró en la tienda una niñita que se acercó y apretó su cara contra el vidrio de la vitrina donde estaban expuestas diversas joyas y collares. Sus ojos brillaron al ver un determinado objeto.

– ¿Me puede enseñar el collar azul, por favor?, le preguntó al joyero.

– ¿El collar de turquesas?, dijo éste.

– Sí, señor, ese mismo. Es para mi hermana. ¿Me podría hacer un paquete bien bonito?

– ¿Cuánto dinero tienes, niña?, le preguntó el hombre.

Sin dudarlo ella sacó del bolsillo de su ropa, un pañuelo todo atadito y fue deshaciendo los nudos. Colocó el contenido de monedas encima del mostrador y dijo feliz:

– ¿Verdad que es bastante? Son todos mis ahorros. Quiero hacer un regalo muy especial a mi hermana porque desde que mi madre murió ella cuida de mí y de mis hermanos y nunca se queja. Este collar tiene el color de sus ojos.

El joyero cogió el collar delicadamente, lo puso en una cajita y lo envolvió con gusto haciendo un hermoso lazo para acabar su paquete.

– Toma niña. Llévalo con cuidado y que tu hermana sea muy feliz.

La niña se fue contenta, saltando calle abajo. Aún no había acabado el día cuando una linda jovencita de cabellos rizados y unos bonitos ojos azules, entró en la tienda . Colocó sobre el mostrador la caja con el collar de turquesas y preguntó:

– ¿Este collar fue comprado aquí?

– Sí, señorita.

– ¿Me puede decir cuánto costó?

– Ah, señorita”, repuso el joyero, “el precio de cualquier producto de mi tienda es un tema confidencial entre vendedor y cliente. – Pero señor”, continuó la joven, “mi hermana no tenía dinero para comprar este collar. Porque este collar es verdadero ¿verdad?

El hombre tomó el estuche y lo envolvió de nuevo, con sumo cuidado, devolviéndolo a la joven:

– Señorita, – dijo – su hermanita pagó por el collar el precio más alto que cualquier persona puede pagar: dio todo lo que tenía.

El silencio llenó la pequeña tienda y dos lágrimas rodaron por la cara emocionada de la joven, a la vez que una sonrisa iluminaba su rostro. Dando las gracias, sus manos tomaron el paquete con el collar por el que su hermana había dado todo lo que tenía.

(Cuento del libro “Aplícate el Cuento” de Jaume Soler y M. Mercè Conangla)

 

 

Aceptación​

 

​U​n individuo iba paseando por el campo y se encontró un pastor.

Por empezar una conversación con él, lo saludó y le preguntó:
– ¿Qué tiempo creéis que tendremos hoy, buen hombre?

Y el pastor le contestó:
– El tiempo que yo quiero.

El otro, lógicamente, se quedó extrañado de la respuesta y le dijo:
– ¿Y como estás tan seguro que hará el tiempo que tu quieres?

Y aquí el pastor le explicó su teoría:
– Mirad.
– Cuando me di cuenta que no siempre puedo tener lo que quiero ..
– .. aprendí una cosa que siempre me ha sido muy útil.
– ¡Querer siempre lo que tengo!
– Por esto estoy tan seguro que hará el tiempo que yo quiera.

​Moraleja: si quieres siempre lo que tienes, tendrás siempre lo que quieres.
​(Autor desconocido)

 

La cámara secreta​

 

​A​l ser joven, apuesto, inteligente y bueno, Ayaz era el favorito del rey. Este último gustaba de su compañía. Buscaba sus consejos y tenía una confianza absoluta en él. Para sellar su amistad, colmó a Ayaz de tantas mercedes que, gracias a dicha generosidad, éste se encontró en posesión de una pequeña fortuna.
Evidentemente su posición no dejó de exacerbar el odio y los celos de los demás cortesanos que no soñaban sino con su caída y trataban por todos los medios de desacreditarle delante del rey. Como Ayaz se encerraba todos los días en una pequeña cámara, donde se quedaba un buen rato, los cortesanos pensaron haber encontrado, por fin, la prueba de su doblez. Se imaginaron que guardaba allí el fruto de sus rapiñas. Se apresuraron a informar de sus sospechas al rey y le suplicaron que desenmascarara al traidor visitando la cámara misteriosa.

Movido por esta camarilla llena de odio y convencido de la fidelidad de su favorito, el rey aceptó su petición a fin de acallar aquellas malas lenguas. Ordenó que se echara abajo la puerta de la cámara y, seguido de sus cortesanos, penetró en la estancia. Cuál no sería su asombro al descubrir todo el mundo que la estancia se hallaba completamente vacía. En vez de encontrar en ella montones de riquezas resguardadas de la mirada de los curiosos, lo que los presentes vieron fue nada más que un viejo par de sandalias de cuero y un mísero traje todo apedazado. Intrigado, el rey hizo venir a Ayaz y le preguntó por qué guardabatan celosamente aquellos viejos andrajos.

Este último le respondió con modestia:

– Fue vestido con estas ropas viejas como llegué a la corte y vengo a verlas todos los días para acordarme de todas las bondades que me habéis dispensado desde entonces.

Moraleja​: al agradecer y aceptar nuestro pasado … sea cual sea … podemos estar felices en el ahora.

​(La sabiduría de los cuentos Autor: Alejandro Jodorowsky, Editorial: Ed. Obelisco​)​



Saludos cordiales,

 

Dra. Consuelo Farías-van Rosmalen.

 

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